El Secreto del Viento
Nunca supe en realidad que nos había unido, que lazos intangibles nos ligaron unos a otros en algún lugar del tiempo del que poca o ninguna conciencia teníamos. Los ojos de la lógica no tienen imperio sobre ciertas cuestiones, solía decir Gerónimo con su voz diáfana y perspicaz y es posible que llevara razón. El resto sosteníamos que nos hermanaba la locura, una completa y maravillosa locura que nos había arrojado a un mundo de cuerdos que buscaba escapar de su gris racionalidad, sorbiendo el néctar de ese delirio. La distancia me recita al oído, en el momento mismo en que escribo estas palabras, que la verdad se construye con fragmentos de muchas verdades y que muy posiblemente todos teníamos una fracción de ella. La vida era para nosotros, en todo caso, un bello campo de batalla, una vasta región donde los Dioses nos habían colocado adrede para que jugáramos nuestra mano y encontrásemos el modo de sufrir y amar y reír todo lo que la voluntad nos permitiese y un poco más, sin perecer en el intento. Y cuando contemplábamos con espanto que otros se rendían a los designios de la muerte, retumbaba muda en nuestros oídos la pregunta: ¿No son esos que caen jóvenes como nosotros a los que el mundo con su respetable paradigma de civilización, ha exceptuado por intentar revelarse en contra de esa cordura?
¿Quién sabe?
A menudo solía decir que no imaginaba a Romeo transitando las sendas de este milenio y Gerónimo respondía haciendo gala de ese sentido único del humor que lo acompañaba: “Qué bendición para él descubrir que un mensaje a Julieta desde el teléfono móvil le ahorraba el esfuerzo de escalar un piso entero hasta el balcón” Luego me miraba en silencio y dejaba una sonrisa suspendida en el aire.
Si los Hados habían conferido a alguien la virtud del humor, no había dudas de que el depositario era Gerónimo. Humor ácido, perspicaz, crítico y devastadoramente negro. Gerónimo podía hacernos reír durante horas o reflexionar durante semanas enteras sin que tomáramos conciencia que estábamos bajo su hechizo. Llevaba el nombre en honor al legendario jefe Apache, más No porque mi padre sintiera la más remota inclinación hacia él, sino porque al momento de mi concepción el televisor estaba encendido –decía- como herramienta efectiva para evitar reconocer que la mujer con la que estaba en ese momento era mi madre. Entonces sus labios dibujaban una mueca idéntica a su sonrisa y su mirada se escondía en un pasado al que accedíamos sólo por fragmentos. Tenía el cabello lacio y abundante enmarcándole frecuentemente el rostro en grandes mechones, unos ojos pardos poderosos y delatores de una tristeza antigua e incomprensible, que por ratos olvidaban la razón de su pena –una razón que nadie nunca supo entender- y se impregnaban de una contento igualmente antiguo. Aquel muchachito delgado y diminuto nunca fue consciente de la magia que poseía y aquellos rasgos que, aunque agraciados no tenían la belleza delicada de una escultura de Miguel Ángel, se volvían maravillosos cuando uno lo conocía y como un hechicero lograba encantar a los otros a través de sencillos pero incomprensibles sortilegios, volviendo su compañía una especie de néctar extraordinario, de droga adictiva de la que no era fácil escapar. Era el fuego y el agua en una misma vasija, un manojo de pasiones encontradas, de equilibradas incoherencias, de irrebatibles lealtades, de sueños que entidades dejaron olvidados en él. Y luego era impuntual, con la precisión de un reloj suizo encontraba el camino para demorar su llegada, como si una fuerza dentro suyo le retuviera la voluntad. Nicolás solía decir que ni siquiera a su propia muerte llegaría a tiempo. Podía sostener una charla sin ayuda durante una noche entera y luego como si el equilibrio buscase un contrapeso, se ahogaba en un silencio profundo que desconcertaba a la misma platea. Y entonces sus ojos observaban una puesta del sol acompasando su mutismo, o permanecían perdidos en la profundidad de una tarde húmedos, como si contemplase el mundo por vez primera. Gerónimo era Gerónimo, así solíamos definirlo, sencillamente así.
Había entre nosotros, ahora que lo pienso, otros puntos en común. Una historia familiar que con diferentes colores se plasmaba en un lienzo idéntico y así el olvido, la violencia, la intolerancia y tantas otras notables virtudes de generaciones pasadas, habían servido para liar nuestros destinos de algún modo. No referiré tales historias, no tiene sentido alguno, lo menciono sólo para explicar, más que todo a mí mismo, que a pesar de la corta edad éramos una especie de sobrevivientes que atravesábamos aquella sinuosa senda llamada juventud, buscando sentir la felicidad con igual intensidad que el dolor intentado encontrar en tan delicado equilibrio el fuego primero para seguir adelante.
-Dame una pena y moveré el mundo –decía Lisandro.
-Dame un amigo y lo devolveré a su lugar –le respondía Gerónimo casi como una letanía.
Sentados en las gradas de aquel pasaje en la calle Entre Ríos que se abría como una boca hacia otro planeta, envueltos en el humo azul del tabaco negro, lejos del murmullo de una ciudad mustia y somnolienta, ambos repetían nuestro credo. Dame un amigo y lo volveré a su lugar. Aquel reducto era nuestro santuario, nuestro templo, el único lugar donde el viento soplaba con voz arcana buscando al hombre que pudiera descifrar sus palabras. Y nosotros, cuando el estudio, las obligaciones y la vida cotidiana nos dejaban un respiro, nos refugiábamos allí para compartir un silencio, o una palabra, o lo que fuese mientras intentábamos descifrar aquel mensaje oculto que el viento regalaba a los más alertas. Ese pasaje que hoy se alimenta voraz de mil luces, era en ese entonces una callejuela de adoquines que la ciudad guardaba como una esquirla de otra época, era un pasaje hacia otro universo, secretamente nuestro. En aquellas escalinatas que descendían hacia la profundidad de una oscuridad maravillosa, Joaquín supo decirle a la mujer por la que había sufrido mil suspiros te amo, obsequiándole un jazmín y aquel suceso nos decidió a reclamarlo como propio. Si pudiera recordar cuantas charlas y abrazos y lágrimas se volcaron en aquellas gradas de concreto, debería pedir algunas vidas prestadas. Si pudiera decir cuántas veces nos acercamos allí con la esperanza de descifrar el secreto del viento, muy posiblemente no estaría escribiendo estas palabras.
Si estuviese obligado a elegir un recuerdo, sólo uno elegiría.
Nicolás mirando el firmamento, buscando la palabra justa que exprese su natural nihilismo:
-Algún día este lugar no será más que un puñado de luces y nosotros apenas unos viejos nostálgicos ¿saben?
Gerónimo de pie y el viento enmarañándole el cabello, el cigarrillo negro entre los dedos y su voz punzante como una daga:
-Pero no esta noche. Esta noche, no.
Aquella secreta hermandad a la que enlazaba el viento era cada vez que estaba reunida una conjura contra la muerte, un sortilegio insondable que desafiaba las raíces más profundas de nuestro tiempo. En aquella habitación de Lisandro donde las tardes nos encontraban sumidos en discusiones antológicas, feroces e imperecederas carcajadas, o furiosos silencios, pasé los mejores momentos de mi adolescencia y los más exquisitos de mi primera juventud. Recostados, con la mirada clavada en un cielo raso blanquecino conspiramos para cambiar el mundo las veces que el mundo nos obligaba a hacerlo, nos juramos estar siempre y descubrimos el dolor de la traición. Manuel, el muchachito de ojos brillantes y cabello de oro, ese mismo que la antigüedad nos revelaba como el que siempre estuvo, dejó olvidada su máscara en aquella habitación y nos permitió ver su rostro más sincero. No hablaré aquí de esa historia, diré simplemente que Manuel dejó de conjurar al unísono con nosotros y aunque las circunstancias nos reunieron luego en más de un espacio común, ya no fuimos más esa mágica singularidad.
-¿Qué haremos? –preguntó aquella tarde de agosto Nicolás.
-Buscar un enemigo a quien odiar. –respondió son sencillez Gerónimo y entornó los ojos recostado en la cama de Lisandro con los brazos cruzados tras la nuca.
Yo en cambio, me permití una mirada sobre ellos para contemplar cómo el mundo regresaba a su sitio.
Antes hablé de un sólo recuerdo y mentí. De seguir escribiendo seguramente la memoria me revelaría mil mentiras más. Un 3 de julio me regresa una noche fría y una llovizna de estaño. La Muerte era detallista para elegir su tiempo y quizás a manera de guiño ácido, transformaba el entorno en una novela de Dumas o Víctor Hugo cuando decidía asomar su perfil. Aquel 3 de julio silbaba el viento con un llanto profundo y se enroscaba entre los adoquines de concreto del pasaje en la calle Entre Ríos, aquella noche lloraban los dioses a su manera. Apenas una hora antes de que el reloj marcara las dos de la madrugada, Joaquín me dejó oír su voz al teléfono y el dolor navegándole en las palabras.
-No puedo. –me dijo y cortó.
Dos palabras para referir un universo de razones y una decisión que buscaba hacerse camino. Si no hubiese cortado tampoco habría tenido el poder para responderle, yo no tenía más virtud que la de estar, yo era apenas el registro, el escudo al lado en la falange.
-Es Joaquín. –le dije al teléfono tres segundos más tarde a Lisandro. –Tal vez fue con Nicolás.
- Nicolás está aquí conmigo.
- Hay que avisarle a Gerónimo.
Gerónimo…
Y era una noche silente tímidamente iluminada por el resplandor gris de una luna enredada en mil nubes las que nos vio correr embozados en largos sobretodos negros tras los pasos de Gerónimo, que con inexplicable certeza nos guiaba hacia el templo. Era una noche mustia donde hombres y luces dormían rumeando sus sueños y las techumbres de tejas y los altos edificios de concreto parecían abandonados. Era una noche azul y gris y de plata la que nos regaló un atajo para ganarle a la muerte.
Sentado en las escalinatas con el arma en el regazo, Joaquín parecía un niño pequeño, una criatura indefensa y temblorosa, una brújula sin norte. A dónde estaba ese muchacho atlético que corría ganándole al respiro, aquellos ojos grises que como faros deslumbraban a las sombras más espesas, a dónde sus bucles dorados. ¿Quién le había quitado su brillo, qué prodigio lo había convertido en aquello que encorvado sobre sí mismo nos recordaba a penas el amigo con el que habíamos reído tantas veces? El arma brillaba con la agudeza de un puñal y los Dioses derramaban sus suaves lágrimas sobre ella.
No supimos qué hacer. Nos quedamos a unos pasos observándolo ignorar el frío con su jeans gastado y su remera blanca. Nos quedamos a unos pasos como si la muerte, más poderosa que nosotros, nos hubiese puesto grilletes, mientras sentíamos sus lágrimas y su dolor derramándose hacia el infinito.
Y entonces… ¡Ah! Entonces los pasos sordos de Gerónimo más tenues que el aire escaparon al maleficio y lo llevaron a sentarse a su lado sin quebrar el silencio. ¿Qué infinitud duró aquel instante? No lo sé. Aquel diminuto e indescifrable compañero parecía batallar contra mil entidades y conjurar a la vida para que le sirviera de aliada.
-No quiero oír tus trucos verbales. –habló Joaquín con la voz marchita.
-No lo harás. –le respondió Gerónimo y el silencio retrocedió un pie.
-¡No quiero oírte!
Gerónimo se encogió de hombros y le regaló una mirada.
- La vida es una mierda ¿sabés?
- Lo sé.
-Estoy tan cansado de los gritos, del alcohol, de los golpes. ¡Estoy tan cansado de que se llamen mis padres! Al final el dolor siempre es más fuerte. Al final la pena puede, cuando quiere, hacernos olvidar mil alegrías en una sola mano. Las putas cartas que nos tocaron no son las mejores ¿no?
-No.
-¿No hay modo de ganar esta partida?
-No.
Joaquín se volvió hacia él un instante y le clavó la mirada en los ojos pardos.
-Vas a sorprenderme con algún sortilegio verbal ¿no es así? Vas a intentar… ¿Me estás diciendo que…? ¿Entonces ésta es la salida?
-No.
-¡No hay modo de vencer! –el llanto le ganó a la voz.- ¿Por qué razón deberíamos seguir luchando?
-Porque no sabemos hacer otra cosa.
Aquella voz aguda repetía quizás esa noche el secreto discurso del viento con la tranquilidad y cadencia de un anciano.
-¿Cómo?
-¿Sabés cuántas veces he pensado hacer lo que querés hacer esta noche?
-¿Vos?
-Sí, yo.
-¿Gerónimo?
Gerónimo asintió.
-Nunca imaginé que…
-Habrá que trabajar tu lado intuitivo entonces.
Con delicadeza tomó el arma que descansaba en las rodillas de Joaquín y la observó con aparente descuido.
-¿Por qué no lo hiciste?
-Porque no sé hacer otra cosa. –repitió Gerónimo- Somos guerreros, lo hemos sido desde el momento que llegamos a este mundo. No tenemos otra virtud que la de saber luchar.
-¿Aunque la batalla esté perdida?
-Aunque tengamos la certeza de que lo esté. Sólo sabemos luchar. Sólo sabemos levantarnos cuando hemos caído y seguir.
-¿Con qué fin?
Gerónimo se encogió de hombros y le regresó el arma.
-Podría darte mil réplicas. Mil y una si me tomo un tiempo más. La vida tiene sus momentos, tu novia, ese monstruo espantoso al que llamás perro, las muchas noches en este templo. ¡Qué sé yo! Pero solo pienso en esto. Si caés, ¿quién cubrirá mi flanco en la falange? ¿Quién? Es la más egoísta de las razones que he tenido en mi vida, lo sé, pero es la única que me importa.
Y cómo si aquellas palabras hubieran podido ganar en conjuro a la muerte, los Dioses detuvieron su llanto y el viento guardó el respiro. Joaquín tomó el arma y se la entregó a Gerónimo sin decir una palabra, sin quitarle la vista de los ojos.
-Dame una pena y moveré al mundo –mencionó en un susurro Lisandro.
-Dame un amigo y lo devolveré a su lugar. –respondí a media voz.
Aquella noche de invierno el dolor que creyó asestarnos un golpe mortal nos hizo más fuertes y nos acercó todavía más.
Joaquín se recibió tiempo después, para ese entonces vivía ya con su novia y era feliz con la obstinación de un guerrero. Era un 6 de diciembre cuando recibió sus títulos y una docena y media de huevos en las gradas de la Facultad de Ingeniería. Gerónimo no asistió a ese momento pero supo hacernos llegar un mensaje que todavía guardo con devoción: Esta noche en el Templo los espero para regresar el mundo a su lugar. Prometo algunas cursilerías y un par de “te quieros”. Cuando el reloj marcó las tres de la madrugada y su ausencia hacía de nuestro sentido del humor una entidad errante, Nicolás intentó comunicarse con él desde un teléfono público, pues por pacto no cargábamos teléfonos móviles en el templo. Cuando regresó tenía el rostro atravesado por una pena mortal.
-Me temo que esta noche el mundo no regresará a su sitio. –dijo- Con un cuchillo… Lo mataron con un… Al parecer trató de impedir un robo y… ¡Hijo de puta! ¡Hijo de mil putas!
Con aquél campeón de la impuntualidad la muerte no supo conceder ni un segundo de más al llevárselo a los veintitrés años.
El día del entierro el sol quemaba en el cielo como el dolor quemaba en la tierra. Las tenues lomas enseñaban timoratas las lápidas, las placas y las flores que sobrevivían al tiempo, solo por el vil artificio que les prestaba el plástico. El viento se mantuvo a distancia y solo vino a nosotros cuando pudimos quedarnos solos. El viento escuchó el golpe de la tierra contra la madera del féretro a cierta distancia, escondido en la enramada y nos dejó llorar en silencio. Nos acarició por turnos y nos contempló acuclilladlos sobre un montón de tierra húmeda amortajando la madera. Qué silencio recogía la tarde que supimos comprender que aquel jovencito de ojos pardos con el que habíamos reído, soñado y discutido cada vez como si fuera la única, no regresaría jamás del viaje que había emprendido. Allí hermanados en el dolor buscamos la palanca que devolviera el mundo a su sitio con el terror de no volverla a encontrar jamás y entonces, cuando la angustia parecía ganar la mano, el viento supo soplar algunas palabras al oído de Nicolás que las repitió sin tener demasiada conciencia de ello.
-Si hubiera sigo Gerónimo quien estuviese aquí en este sitio y yo en el suyo, seguramente habría comenzado diciendo “Dejame terminar antes de discutir. Ni siquiera muerto puede darme la razón”. Pero soy mano yo. Soy mano yo y lo que quisiera es discutir con él y no otra cosa. Discutir por el solo hecho de contrariarlo, por esa razón no más. No quiero recordarlo como el virtuoso que evocarán otros sino como el hermano que celebraré yo. El que tenía alas y volaba alto, pero al que había que cuidar para que no se acercara demasiado al sol. El planeta de los muchos eclipses, el que supo llegar tarde a todo lugar menos al que debía demorarse. El hombre a mi lado en la falange. El hechicero que conjuraba universos, el apasionado, el tozudo, el hombre con menos sentido de la diplomacia que he conocido. Gerónimo fue Gerónimo y eso no es un prodigio menor. ¿Sabés qué pienso, hermano? –agregó acariciando la tierra de la fosa- Que nadie tiene mejor gusto que La Muerte y ese es su más alto talento. De todas tus incoherencias, Gero, de todas ellas, la más hermosa que supiste tener, es aquella que te llevó a nombrarme tu amigo.
Y con un movimiento preciso, una tarde de verano en un cementerio cuyo nombre no quiero recordar, el mundo volvió a su sitio.
A mis amigos, aquellos que no necesitan ser nombrados para reconocerse como tales.
