El Halcón y la Serpiente
Cuando el Sol lo vio por vez primera lo llamó hijo, con la sencilla cadencia de su voz ancestral. Hijo lo nombró para estrecharlo con sus brazos de oro allí entre las montañas del Pucará donde los antiguos Dioses todavía resisten la conquista del Usurpador. Y él, Halcón de plumaje sin igual incluso entre los suyos, desplegó sus alas en la inmensidad del firmamento celeste y bebió del viento y del agua. Él, navegó el aire, libre y bello con la prestancia que los de su estirpe poseen y todavía un ápice más.
Cuando llegó el tiempo eligió, para construir su nido y dejar sus huevos, un diminuto espacio en las Abras que se extienden como un océano cetrino y habiéndolos dejado allí, remontó en un vuelo triunfal para observar el mundo desde aquella altitud inaccesible y desde aquella distancia observó que una serpiente devoraba sus embriones uno a uno. Lloró con un graznido profundo que compitió en llanto a las quenas, dibujó un círculo para recordarse que el espíritu es redondo y prometió no ahogarse entre reproches y ser, sino más sabio, al menos más prudente el tiempo por venir.
Cuando la vida le anunció el momento justo, eligió la copa del árbol más alto que encontró en el valle para construir su nido. No surcó los cielos esta vez, no bebió del viento ni del río, se mantuvo quieto y vigilante el período que sus crías le reclamaron para dejar el cascarón. Sólo entonces remontó hacia las alturas para proveerles de alimentos con un sigilo divino de alas, con un silencio arcaico de cerros. Pero entonces al volver la vista hacia abajo supo ver como la serpiente devoraba sus crías una por una y escapaba cobarde y veloz de la furia de sus garras. Lloró de nuevo, como la vez primera y dibujó un círculo para recordarse que la naturaleza de las cosas no admite la línea recta y el nacer y el morir no tienen un lugar establecido.
-Jamás esto me volverá a pasar. –se dijo- ¡Jamás! Cuando el día llegue elegiré el pico más alto de la montaña como sitial de mis retoños, una cumbre inaccesible, una cresta invulnerable, donde sólo la nieve y el sol se disputen sus dominios, ceñida por un abismo tan negro y tan profundo que la propia muerte sepa caminar con reparos.
Y así lo hizo. Depositó sus huevos y remontó el firmamento, bello y majestuoso como era, hijo del sol, hermano de las piedras, nombrado por Dioses que aún resistían los embates del Usurpador, cuando desde aquella altitud insondable observó a la serpiente devorando sus huevos. Entonces deshizo la distancia con el arresto de una saeta y ya frente a ella le preguntó:
-Dime cómo has podido llegar hasta este bastión imposible que he señalado como nido.
Si hubiera tenido hombros, la serpiente los hubiera encogido con sencillez al responder:
-Como siempre, arrastrándome.
Dedicado a Alexis Herrera Alquijay, contador de historias, caminante del mundo, actor de estirpe, de esos que guardan el soplo de los antiguos Dioses y amigo.

Guillermo Montilla dijo:
noviembre 4, 2011 a 4:46 pm
Cuando niño mi abuela solía contarmelo en forma de refrán. A la cima, me decía, sólo llegan las águilas y las serpientes. Doña Cristina solía dejar refranes muy a menudo para explicar las cosas del mundo. Muchos años después se lo dedico a ella que supo volar como el águila.
alexis herrera dijo:
noviembre 8, 2011 a 6:58 pm
la maravilla del saber, ser y estar… en el ahora. Una sabiduría ancestral en palabras escritas, por un joven sabio, anciano de sabiduria, lleno de vida, que honor estas palabras… a ensayar… y poderlo contar…