El nombre de la sombra (2)

julio 7, 2011 at 6:13 pm (Novela de Ciencia Ficción por entregas)

II

Eleas Mend-Ellor se incorporó bruscamente del lecho. Los otros dormían con una expresión plácida en el rostro. Se levantó y fue silenciosamente hacia la ventana. Dos lunas insomnes iluminaban a su manera las torres de guardia sobre el aire, las altas barbacanas de las fortalezas, o las cúspides de templos cuyos nombres jamás había logrado retener. Lo único familiar en aquella vasta extensión era el río y su destello cimbreante, los ríos eran en su gran mayoría siempre iguales en cualquier planeta y eso lo confortaba. Todo estaba en calma, sin embargo había soñado con la guerra, con la muerte, en su lejano hogar al que añoraba regresar cada vez con mayor ímpetu. Allí donde las cinco Fratrías habían declarado en un tiempo en que la memoria llegaba solo a través del relato perpetuo de los hombres, en ese mismo lugar había observado la guerra.

Es solo un sueño, se dijo, pero él, como el resto de los suyos creía en los sueños. La larga paz del imperio debería de haber apaciguado sus miedos, sin embargo ahí estaban arrancándolo del descanso. La paz que se logra con sangre es una paz herida, decían los ancianos de Menorea. Eleas había nacido en los tiempos de esa calma sin conocer guerra alguna. Por qué temer entonces. Existía un solo Imperio en el universo y un solo Señor para ordenar sobre él. La voz sin nombre, él único, el definitivo. No quedan enemigos, rezaban los Mayores, ya no hay razones para la lucha. Y sin embargo allí estaban las torres sobre el aire y los miles de legionarios de Enteria con sus corazas azules como el universo y la flota invencible sobre las costas de la galaxia, silenciosas, expectantes y terribles.

Se colocó el largo manto de hilo negro sobre el torso desnudo y atlético y salió de los aposentos con sigilo, con rumbo al comedor donde ardían todavía los leños en el hogar y se sirvió de un té que parecía esperarlo en la marmita. Aquellos leños también le recordaban a su tierra, como se la recordaban las paredes de  ese templo olvidado en las montañas. La Orden Menoreana, la esquirla de un pasado de gestas que ya nadie cantaba, era su hogar donde sea que fuera enviado. Claro que allí, en aquel planeta distante que por las armas había conquistado el derecho de ser la capital del universo, era apenas una posta diplomática, la presencia muda de la última civilización en someterse a los señores kalassianos.

- ¿Has perdido el sueño? -la voz lo arrancó de las profundidades de su mente.

Miró al anciano enfundado en su pesada túnica por un momento antes de hablar, sospesó con cuidado lo que iba a decirle y con todo le sorprendió que las palabras escaparan de sus labios casi sin su consentimiento:

- He soñado, Deomar –susurró.

- También yo, mi señor. -le respondió el anciano.

- ¿Crees en los sueños, Deomar?

- Los sueños son al final, lo único verdaderamente nuestro, mi señor.

-He visto la muerte y la guerra.

Deomar se le acercó sin hacer ruido y se sentó frente al fuego al lado suyo.

- ¿Escuchas? –le preguntó de repente- La tierra solloza, Eleas, el viento trae gemidos desde el oeste y la luz que proyectan las lámparas se debilita como se debilita el brillo de las estrellas en el firmamento. -y se le acercó al oído para hablar a escondidas- Algo que estuvo dormido ha despertado, o quizás nunca durmió. Una sombra repta lentamente y va cubriéndolo todo. El viento sopla con aroma a miedo y hay miedo en los árboles y en las piedras. He soñado también y los sueños son lo único que poseemos.

Eleas asintió. Tomó un sorbo del té caliente.

- Algo se aproxima desde la sombra. -repitió más para sí mismo que para el anciano- Si fuera sabio no lo tomaría a la ligera. Este sueño no ha sido sólo mío.

-No. –dijo otra voz y se acercó a ellos sigiloso como un felino. El Legado del templo se veía sólo a medias abrazado por las sombras. Su coraza negra brillaba por instantes cuando la oscuridad la dejaba sin camuflaje. – Es de todos. –se atusó la larga barba adornada de trenzas y sus ojos chispearon húmedos y violetas- Si el brillo de las lámparas no puede disipar las sombras sin sufrir heridas, entonces lo que ha despertado es un mal antiguo.

- Lo es. –asintió Deomar.

-El lobo debe regresar con su manada. –expresó el Legado del templo, sin inflexión alguna.

-¿Eso crees?

-Sí, mi señor, creo que debe partir esta misma noche. Creo que debe ser cauto y ver con los propios ojos lo que el sueño intenta mostrarnos. Sólo así se sabrá qué hacer. Ya he alistado un pájaro.

-Entonces así será.

El Legado era un hombre de edad avanzada, pero todavía fuerte. Hablaba con la voz de la experiencia y con la autoridad que otorgan los años. En aquella fortaleza de torres y paredes negras era la primera y la última palabra, por sobre los Pentanos y los sabios, pero no sobre un duque de la sangre de Mend-Ellor. Sin embargo éste lo escuchó sumiso y atento.

-Creo que Deomar debería acompañarlo. El tiempo es propicio para la maldad. Tu sabiduría le será útil. Eso es lo que creo.

Deomar asintió y se puso de pie con resolución. Eleas dejó la taza de té y le siguió los pasos sin decir palabra hasta que el Legado lo retuvo con una mano fuerte sobre el hombro.

- El mundo ha olvidado, Eleas, pero nosotros no. Nosotros no. Somos la huella que el tiempo no supo borrar. El mal antiguo solo puede vencerse con la daga antigua. Así ha sido siempre y así será.

Eleas asintió.

-Esta alarma es a nosotros a quienes advierte, no lo olvides, mi señor. Qué los dioses iluminen tu senda.

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