El nombre de la sombra (1)
Hay un tiempo para cada cosa, se ha dicho, pero en las leyendas el tiempo es otro, amasijo de memorias del hombre vivo, eco de palabras del hombre muerto. Inviernos encendidos por escarchas perpetuas, veranos ensombrecidos por noches sin fin. El tiempo de los relatos es otro y por eso perdura. Por eso mismo.
Sentado alrededor del fuego escuché historias de los labios de mí padre y al hacerlo las escuchaba también de los labios del suyo. Ahora en mis trazos hablan los labios de todos y los de ninguno.
¿Cuándo comenzó? ¿Cuándo? ¿Con el mensajero que trajo el otoño? ¿Antes? ¿El día que el Señor de Enteria llevó a su primogénito a la barbacana? No lo sé. Los relatos suelen comenzar antes de ser narrados y concluyen más allá del silencio. A veces creo que fue con el otoño, a veces pienso que no importa. Si el halcón de piedra perdura aún, es porque lo nombro, decía mi padre. Empezó alrededor del fuego cuando la montaña escupía bramidos. Con la palabra, así empezó.
Prefacio
Hubo un Señor en Enteria que tenía un hijo a quien deseaba heredar sus potestades para que así, otro de su sangre perpetuara el nombre que no supo ser. Un atardecer de primavera lo llevó a la más alta de las barbacanas donde el universo se dejaba ver en el silencio de mil estrellas y esperó que el ocaso anunciara su presencia.
- ¿Hasta dónde puedes ver, hijo? -le preguntó.
- Hasta donde el sol no tiene dominio, padre. Hasta donde solo hay sombras. -le respondió el pequeño.
- Hasta allí y un poco más se extiende mi imperio, hijo y hasta allí tendrás mando cuando llegue tu tiempo. Así será, si así lo deseas.
El niño miró el perpetuo mar de estrellas y preguntó:
- ¿Puedes ordenarle al sol que ilumine lo que es negro, padre?
Lleno de sorpresa el Señor negó con la cabeza.
- Lo que deseo, padre -le dijo el niño- es ser como las sombras.
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Planeta capital Enteria. Kalassia.
1
Tenía los ojos negros, brillantes y rasgados y el cabello tan negro como sus ojos adornado por trenzas y prendedores de metal. La piel color de bronce en un cuerpo armonioso. Tenía una voz dulce y sonora cuando reía y una voz tierna y vibrante cuando cantaba. Pero no tenía un nombre. Las leyendas olvidan a los pequeños, a los que a pesar de intentarlo no logran lo que se han propuesto.
Las leyendas olvidan.
Sin embargo ella, como las otras, fue llamada por un nombre. Cuando su madre la dio a luz y caminó sus primeros pasos, cuando fue niña y jugaba en las colinas florecidas, entre montañas y ríos sin nombre, cuando fue reclamada como concubina por el que sería su amo para siempre, ella, como las otras, fue llamada por un nombre.
- Debes ir, Tamia. Debes advertirles.
Y ella, la de la piel de bronce, la de los ojos negros, brillantes y rasgados, la del cabello tan negro como sus ojos, corrió sin descanso desde los pesados recintos de piedra, hasta los bosquecillos surcados de sendas y riachuelos, buscando el camino que la llevara al sitio donde desplegaba sus alas el halcón de piedra.
- ¡Debes ir, Tamia!
Ella obedeció, al igual que las otras, las que no pudieron abandonar el palacio y apenas llegaron a la explanada, o con dolor se desplomaron en la llanura cubierta de hojarasca que rodeaba la construcción. Aquellas a las que las leyendas olvidaron de dar nombres.
- ¡Debes advertirles Tamia!
Ella corría y la verdad corría con ella. Adelante, las tenues mesetas adornadas de otoño y los ríos serpenteando bajo la luz de una media luna y otra entera, a su lado el bosque que la abrazaba, detrás corría la muerte en forma de corazas.
- Ve. No te detengas sino hasta llegar al templo.
Ella, obediente, llena de miedo, volvió la espalda y se fue. Salió a toda carrera por el pasillo vestido de largos pendones de seda que se agitaban con la brisa nocturna, tratando de enmudecer el sonido de sus sandalias al rozar el piso, de ser una más de las sombras de la noche y de las manchas opacas que las barbacanas proyectaban sobre el mundo. Rápida y graciosa corría veloz sin mirar atrás, cuidando el aire para no perder el aliento. Cuando era pequeña le gustaba correr por los campos floridos de su aldea persiguiendo mariposas. Luego, cuando el cansancio le ganaba, se dejaba caer con delicadeza sobre el pienso, miraba el cielo celeste, el sol y reía. Antes de que el amo la reclamara como su concubina lo hacía a diario, luego el campo quedó detrás de las ventanas de un reducto, enmarcado por miradores opacos como el cobre, velado por cortinajes de seda y columnas marmóreas. Dejó de correr como dejó de reír.
- Eres la concubina del Señor, no tienes más que hacer que servirle a él -le dijo un mayordomo viejo de cara aplastada y manos ásperas al poco tiempo de llegar.
Permaneció detrás de las paredes de piedra y oro, sirvió a su señor con la mejor disposición que pudo, acudió a su lecho cada vez que le fue ordenado. Luego, cuando creyó que la muerte comenzaba a ganarle el ánimo, aprendió de las concubinas que llevaban más tiempo que ella el modo de sobrevivir a su destino, de escapar, cuando le era posible, de aquellas paredes marmóreas del único modo que le era posible: con la mente. Entonces volvió a correr como cuando era niña, cuando era libre.
Detrás de los muros, entre las fuentes y las columnas, entre los pendones de seda, pasó su adolescencia, se hizo joven. Aprendió que cuando una misma pena se comparte es más fácil de llevar a cuestas y se ofreció a llevar su parte junto a las otras. Así se lo había dicho la vieja Shaya, el ama de llaves, la madre de todas, la que una vez cuando joven fuera concubina del Señor. Shaya de la piel marchita, la voz trémula y la sonrisa afable.
Pero un día un mensajero llegó cabalgando el cielo, arrastrando el otoño con una estela de fuego. Vestía una armadura extraña y su voz pronunciaba los sonidos lentamente y con dificultad. Su Señor, el de los modos duros, lo escuchó durante la tarde entera y la noche toda, después de ello, una sombra se le prendó en la mirada para siempre. El extraño se marchó tan de repente como vino, pero se dejó el otoño.
Luego comenzaron los sueños. Su Señor dormía a medias y a medias le hablaba a la sombra que se escondía en ellos. Le gritaba, la maldecía.
¡Vete de aquí! He hecho cuanto me ordenaste ¡No me pidas más! -decía y despertaba de repente.
Todas lo habían escuchado y él que lo sabía, dejó de llamarlas a su lecho por las noches. Pero la sombra comenzó a visitarlo durante la vigilia, a enloquecerlo con una voz que solo él podía escuchar. Shaya apaciguó sus miedos.
- Ustedes hagan lo que se les pide y nada más -les dijo – Hay algo malo dentro de él y es mejor mantenerse lejos de lo que es malo.
Pero esa noche el Señor sentado en la recámara de altas columnas y cortinajes le habló a la nada en voz muy alta, y ellas, olvidadas en el recinto contiguo, lo escucharon todo.
- ¡Vete! No pidas más, vete.
Allí sentado, vestido con sus túnicas de seda, con el cabello grisáceo, la barba recortada en un rostro crudo y la voz áspera, le habló a las sombras que se hacían y deshacían frente a él, como una nube densa que iba tomando formas diferentes.
- Todo cuanto me pediste te lo he dado. ¡Todo! He dicho mi nombre. He dicho los nombres de los que fueron antes que yo. ¡Todo lo he nombrado por ti! ¡Todo! No me pidas más, vete, déjame solo. ¡Vete! -agitó las manos para remover las sombras, que se separaron en muchos brazos y volvieron a unirse al momento.
En el recinto contiguo las concubinas escuchaban llenas de miedo sujetando la respiración que amenazaba con descubrirlas, asidas a las manos callosas de Shaya.
- ¿Cuánto más debo hacer? ¿Hasta dónde debo obedecerte? ¿No ves que por ti he deshonrado la línea de mi heredad? ¡Déjame y no vuelvas más!
La sombra frente a él, se agitó con violencia una y otra vez. Se transformó en muchas cosas: en fuego vibrante y sonoro, en sangre, en llanto y en su reflejo.
Te pido más y obedecerás, le dijo su eco opaco pronunciando los sonidos lentamente y con dificultad: Tu nombre ya no es tu nombre, es el mío. ¡Tú dejarás de ser para que otros sean! Ya nada tienes que te ate al pasado. Me sirves y me perteneces y por eso mismo me obedecerás. Porque cuando yo haya terminado mi labor no existirán tus reyes, ni tus reinos, solo estaré yo y los despojos que habré dejado, y entenderás lo que ahora te digo: Todos ellos, como tú, serán mis sirvientes. Todos. O estarán muertos.
La vieja Shaya les aferró las manos con fuerza, ahogó como pudo un grito profundo y se llevó a las concubinas a la esquina más apartada del recinto. Se permitió un tiempo corto para lograr una idea y cuando ésta acudió a su mente, les habló en secreto con el miedo y la ansiedad cabalgándole en el cuerpo.
- Debemos advertirle a los nuestros, mis niñas. Debemos hacerlo.
Las sacó de a una en una tratando que ni siquiera sus pies descalzos al acariciar el piso dejaran escapar algún sonido, pero un zarcillo se desprendió y cayó como una gota de rocío. Tin, tin, tin, confesó al llegar a las lozas del suelo.
La sombra, frente al Señor, se deshizo en hebras que como serpientes de humo se buscaron al instante para anudarse unas con otras y formar una mano negra que daba aviso.
- ¡Guardia! -rugió la voz del Señor
Entonces corrieron. Al escuchar el sonido de las armas al salir de sus fundas, de las armaduras y los cascos. Buscaron escapar más allá de la piedra, esconderse en lo profundo, o perder a sus perseguidores en el laberinto de pasillos que erróneamente creyeron conocer mejor que los soldados. El miedo las hizo gritar y las concubinas, las que no tenían nombre, regaron la tierra con su sangre, las gradas del pórtico, los jardines a unos pasos del campo y los pasillos intrincados, una noche de otoño que nadie recordó jamás.
- ¡Debes ir, Tamia!
Shaya le entregó una túnica púrpura y le enseñó un pasaje. Shaya la vieja amiga de la voz trémula:
- ¡Debes advertirles Tamia! A los nuestros. Debes decirles lo que sabemos.
Y la concubina supo que así debía ser. Abrazó a la vieja ama de llaves, le besó las mejillas ajadas, la observó todo el tiempo que pudo para no olvidar su rostro nunca y corrió.
Pared al frente de pared: túnel a duras penas iluminado por un haz de luz que se colaba por algún lugar que no supo adivinar.
Olor húmedo debido al encierro.
Corrió por el pasaje como cuando era niña, cuando era libre y buscó la salida que le enseñó la noche. Afuera, las galeras rugían desde el cielo y las voces de los soldados se entendían terribles. Afuera gemían animales que nunca había visto y una luna con solo la mitad despierta le sopló el sendero que debía seguir.
Corrió como cuando era niña y perseguía mariposas, rápida y ágil por un campo en el que había soñado correr durante años, envuelta en su túnica de hilo púrpura. Dejó atrás la construcción aguda y solitaria y las torres de guardia que observaban fijas el naciente, el templo octogonal de mármol blanco, las residencias de los patronos más ricos y encontró el sendero que se internaba en el bosque y para escalar la montaña. Con su túnica púrpura flameando en el aire y sus modos delicados parecía flotar como una mariposa.
Debes ir Tamia, le repetía todavía la voz de la vieja. Los soldados y sus gritos detrás, el campo y los árboles a su alrededor. Al llegar al antiguo templo de los suyos vería la estatua del halcón esculpida entre las columnas negras, la que nunca había conocido pero que imaginaba con precisión y tal vez volvería ver al duque Eleas de la negra cabellera, la figura hermosa y la voz salvaje que una vez le sonrió cómplice. Pero antes correría por el campo, mojaría sus pies en las aguas del río, observaría las barbacanas suspendidas en el aire, correría con los pies por todo el tiempo en que había corrido con la mente.
Tamia era una mariposa de alas púrpuras que volaba con el viento entre los árboles, y a pesar del miedo se sintió feliz, porque podía escuchar los ruidos del bosque y sentir el olor de la tierra. Será por esa razón que cuando el arma le atravesó el torso, cuando cayó inerte al piso y rodó pradera abajo hasta el lecho del río, sus ojos se quedaron abiertos mirando la luna mitad despierta, con una sonrisa en el rostro. Como cuando era niña, cuando era libre.
