Cavilaciones de un bardo en el siglo XXI

abril 5, 2011 at 1:05 pm (Cuento)

A propósito de mi onomástico en el año del señor –ese de la cruz- de 2011

Aunque mi madre y mi abuela se obstinaban con ímpetu titánico, -y en esto créaseme no existe la menor exageración- en encontrar una razón genética a esta creciente afición mía de recordar con precisión matemática hechos que en su inmensa mayoría no había vivido, justificándolo a través de un insólito pero ocurrente eslabonamiento en el insondable árbol genealógico, la distancia y su ausencia no me dejan duda alguna que aquello no era más que un intento absurdo de evitar por cualquier sendero la responsabilidad de su indispensable tutela.  Tal máxima se certificaba muy a menudo con el movimiento semicircular de un dedo índice en el aire y la sentencia en voz alta:

-Tu tatarabuelo solía hacer lo mismo.

O, por qué no, un prefacio más elaborado:

-Cuando llegaron los primeros de tu familia, -la nuestra claro, la de tu padre, por no sé qué razón, se instaló en la América del medio- en aquél velamen pequeño, apenas una cáscara de nuez para desafiar la pasión del océano, hubo un buen castellano que solía tener tu mismo problema. De ahí que no nos quede claro si se desposó con la hermana del Inca o, y esto no lo vayas diciendo por ahí que no tiene nada de orgulloso, vivió en… bueno en concubinato. Las imprecisiones de su relato no nos lo han dejado saber. Ya ves, lo mismo que tú.

La máxima en cuestión estaba impregnada de tal convencimiento que me obligaba, en esas noches en la casona de tres galerías de adobe que desafiaba un monte sin límites, donde la única luz provenía de unos pocos faroles a querosene, a correr en busca del sabio arbitrio de mi padre y mi abuelo, que en los extremos opuestos de un fogón, anidaban en sus manos mate dulce y amargo respectivamente, rodeados de un buen número de rostros,  componiendo un ilógico concertante que paralizaba mi inquietud y me arrastraba, como el flautista, casi sin que pudiese oponer resistencia, a ocupar ese espacio del círculo que parecía esperarme desde hacía tiempo.

-Lo cierto es que el monte velaba el cielo en la senda de los Gonzales, la que se mete como aguja en el quebrachal.

-¿Detrás del cerco de la viuda?

-Justo detrás.

- Y dicen que ahí, justo donde tuerce la senda, vio la sombra del viejo, como había sido en vida, con el sombrero alón y las bombachas azules, que lo esperaba quieto, bajo el algarrobo con las manos a los costados y un vapor frío como el agua escapándole de los hombros hacia arriba, como si humeara hielo, así mismo y no de otro modo.

Para aquel entonces mis dudas genéticas habían desaparecido entre los derroteros de un alma en pena, la fiereza del puma, o las virtudes de la estrella del alba cuando el monte había tragado a un hombre con intenciones de no devolverlo al camino.

Claro que aquello echaba sus raíces mucho más profundo en el tiempo y las historias en mi familia se remontaban al momento mismo en que mecido en los brazos de cualquiera de ellos, quizás con el fin de evitar un llanto prolongado y ensordecedor, los relatos se sucedían unos con otros entretejiendo una red de la que a nadie le hubiese sido sencillo escapar y por la que posiblemente, muy a gusto, me dejé hacer prisionero.

Pero el asunto no quedó en aquella jocosa anécdota y como pupilo ejemplar de esa familia que ostentaba el extraño vicio de crear con la palabra, osé dar los primeros pasos fuera de la huella trazada y, no sé bien cuando, posiblemente instigado maliciosamente por el muy bellaco Edmond Dantés, cuyos vínculos con Alexandre Dumas estaban para ese tiempo muy claros, destrocé la primera sábana para dar cualidad a una capa, que aunque no se veía como lo pensaba, podía imaginármela exacta y en un teatro improvisado -durante más de dos semanas-, a los sones de un ruso de apellido Tchaicovsky con quien había trabado amistad no hacía demasiado, me permití la primera representación. Aquel particular episodio fue bien recibido sin dudas sólo por una razón: nadie sospechaba, ni siquiera yo, que aquel era un viaje sin retorno a una vocación que ya no me abandonaría jamás.

Ese primer acto de mi vida, aquella feliz infancia no habría tenido jamás semejante impronta si la tragedia no hubiese irrumpido en ella sin misericordia y así, como el viento arranca sin consuelo las flores del aire y las arrastra hacia otros destinos, La Muerte, de un solo golpe, silenció aquel torbellino de voces que supieron alimentar mis fantasías, e incentivar mis locuras como ningún maestro. Y cuando un solsticio dejó paso al otro –quizás más, tal vez mucho menos- sin que ningún espectro de alta cimera rondara las puertas de uno de los tantos bastiones de la palabra para anunciar lo que iba a pasar, Caronte movió los remos y se los llevó por El Estigia hacia los templos donde no muchos regresan.

Aquel niño feliz que deambulaba los montes creyéndose una aparición mitológica rara mezcla de espadas, ponchos, facones y semidioses, mutó entonces el brillo cristalino de su mirada por un destello melancólico que brillaba como las estrellas con luz de oliva. Y cuando una noche de naranjos cobijado en la penumbra de un pasaje cuyo nombre no necesito recordar miré al Albur a los ojos, esos dos abismos de ocre a los que pocos se atreven mirar y le reproché tantas y tan prontas ausencias, él me respondió directo y sin demasiadas parsimonias, acercándome con gesto resuelto la larga pluma: ¿Qué otra niñez te hubieses dado? ¿Qué otro final? Y con la pena gobernándome el cuerpo, rechacé con un silencio la oferta y dejé en sus manos tal ministerio.

Y tal suceso fue a rematar mi juicio y vine a dar en mí un extraño pensamiento que ya diera otro loco en el mundo, y fue que me pareció convenible y necesario, así para el aumento de mi honra, como para el servicio de mi tiempo, hacerme bardo, e ir por todo el mundo con mis palabras y mis relatos a buscar aventuras.

La locura da a los locos algunas armas que a los cuerdos les están vedadas y cuando el fogón hermanaba el círculo y las historias regresaban en mis labios y a los labios de otros pocos, me permitía con la asistencia de aquellos secretos mentores, dar un paso más allá y así, una noche de Julio, cuando el frío congelaba las venas de mi tiempo, busqué a la dama del balcón –y sólo la que balcón tuviese- para declararle mi amor en una serenata ante muecas desconsoladas de vecinos, que no se decidían por aplaudir la acción o censurarla de modos poco ingeniosos pero increíblemente prácticos. Yo vestí frac otoños que habían olvidado el traqueteo de los carruajes, me interné en selvas sin nombres para buscar a los espíritus del bosque, y adoré a Dioses que supieron concederme favores que nunca pedí, perseguí a maleantes en audaces callejuelas en busca de una verdad con la que Holmes estuvo en desacuerdo y cabalgué los lomos de un sillonero moro que me enamoró el día que al salir del estanque me regaló su pelaje azul. Yo descubrí a Cupido en el instante preciso en que afilaba su dardo para esposarme a unos ojos verdes que estallaban furiosos bajo el resplandor de un Chandelier en miniatura y me entregué a sus labios en el palco carmesí de un teatro con la complicidad de Chopin que detrás de su piano, me regalaba las mejores notas de su concierto para ayudar a conquistar, no su corazón, sino su alma, sabiendo que el precio de tal conquista, era la mía propia. Y luego la pluma del Albur me la robó de repente y escribió un océano en el medio para que tuviera que atravesarlo en su búsqueda y cuando la encontré me prestó las palabras del Gran Bardo porque las mías no alcanzaban.

Y así, con un beso muero.

Hace unas noches, cuando discurría por unas callejuelas abrumadas de automóviles y una muchedumbre de luces intermitentes se encendían por doquier con diversas y en muchos casos, poco felices melodías, me dio en imaginar, no sin cierto pudor, qué palabras hubiese encontrado Macbeth para avisar a su esposa en un mensaje de texto, dado que la comunicación por el teléfono móvil se hacía difícil, con esas amables señoras de barba rodeándolo y hablándole sin levantar la mirada de sus netbooks sobre los beneficios que auguraba el pronóstico de ser señor de Caudor y luego rey de Escocia y no encontrando otra respuesta que: m djeron q seré rey. T veo n pco tmpo. Prepará 1 pñal Duncan va a comer.  Y casi dejándome caer al pozo de la desesperación Don Francisco Quevedo, que apoyaba su cuerpo en un frondoso árbol, con una tentadora bota de vino en la mano, me invitó un trago y me dijo: No es dichoso aquel a quien la fortuna no puede dar más, sino aquel a quien no puede quitar nada.

Y hete aquí que en este tercer acto en el que me dispongo a representar el papel que mi Albur viene escribiendo para mí, me permito como cuando niño, -sólo que esta vez ya mayor y supliendo las lágrimas por un guiño cómplice- dejar la pluma en sus manos y confiar en su ministerio.

Vida me has dado amigos, y hermanos y amores, me has dado dolores tan pesados que caí muchas veces de rodillas y he reído con tanta fuerza que creí que mi musculatura abdominal se vería muy agraciada luego de ello, me has reparado enemigos –unos pocos y de gran valía- maestros, compañeros ocasionales y hasta un coro operático de estúpidos y, como has sido generoso, me has permitido ser estúpido también, me obsequiaste un amor que hubiese envidiado el troyano Paris y reductos escondidos donde este siglo no puede llegar con sus antenas satelitales. Lo que me repares de aquí en adelante estará bien, aunque en su momento no pueda aceptarlo, créeme hoy lo que te digo, estará bien.

Y como a poco mí amigo Dumas supo decirme: La vida es fascinante sólo hay que mirarla a través de las gafas correctas. Y yo le agregaría con tenor castellano ¡Joder!

2 comentarios

  1. Dafne dijo:

    Cupido, enojado con Apolo, incrustó su flecha en mi pecho para que el dolor me recuerde que debo usar gafas de mejor calidad. A Ud. amigo Bardo, Albur le dio una mujer a toda tierra y una mente privilegiada para ofrecer a sus lectores.
    FELIZ CUMPLE¡¡¡¡¡¡¡

  2. Nick dijo:

    Muy bueno!! Tardé un poco en leerlo, pero aquí estoy.

    Ahora, qué bueno que para llevar tus palabras por todo el mundo, ya no sea necesario salir de la Córdoba, no? :P

    Abrazo!!

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